
Por Edison Ortiz
Soy un asiduo lector de periódicos y también de libros, a veces me permiten escribir en medios y casi sentirme periodista. Más de alguna vez he sentido la tentación de reportear una noticia. Inclusive en una oportunidad se lo propuse a un editor que no me dio pelota; por otra parte he estado vinculado a los periódicos desde siempre y me pasé un par de años en la Biblioteca Nacional, leyendo desde La Aurora de Chile, pasando por el Monitor Araucano y otros periódicos del siglo XIX, hasta llegar a El Rancagüino, donde he tenido la oportunidad de saborear y rescatar parte de nuestra vida como región y ciudad. Alguna vez leí el texto Historia y crítica de la opinión pública de Habermas, magnífico para comprender cómo, fundamentalmente a través de los medios escritos y de sus periodistas, se construyó la opinión pública en occidente. Esa cosa amorfa que no tiene espacio físico concreto pero que hace caer gobiernos, desenmascara poderes y nos libera un poco del asfixiante y monolítico mundo en que vivimos.
Creo en la independencia de los periodistas, siempre acechada por los gobiernos y los poderes de turno, y en la notable función que ellos desempeñan en nuestra sociedad: mostrarnos la realidad. La de la tele, de la radio, del medio escrito y ahora del electrónico. Nosotros conocemos el mundo a través de los periodistas y como diría Baudrillard, son ellos los que nos metieron en la realidad del simulacro. Nos la fabrican, para bien o para mal, y lo que llegamos a saber es por medio de sus ojos. Son, en estas sociedades de masas, una especie de Gran Hermano que te hace ver a través suyo. Es por ello que no hay ningún gobierno, desde el más liberal hasta el más totalitario que no haya intentado controlar este cuarto poder y someterlo a sus a anchas, fracasando siempre en sus intentos.
He allí la gracia que tiene para mí el periodismo: junto a la instantaneidad de la noticia el periodista te transmite el latido de su corazón en el evento que cubre y nos transporta por esta sensación al sitio que reportea. Quien reportea, para mí, es una especie, de explorador, de aventurero que intenta sobrepasar los límites de lo conocido, cayendo a veces en ese intento. Los corresponsales de guerra son un poco eso, o aquellos que intentan meterse en los vericuetos de los poderosos.
Es cierto que el atolondrado mundo en que vivimos ha ido matando un poco ese periodismo y restringiendo la noticia a un titular y una foto. Sin embargo, esta función social es clave para cuestionar a los poderes, plantearles dudas y habitar ese espacio prohibido. Quién no tiene en su retina casos famosos donde de periodistas desnudaron el poder y dejaron en evidencia su arbitrariedad. Por eso es motivante esta labor, por su poder de transformación social: un ciudadano bien informado es clave para el buen desarrollo de las sociedades democráticas.
Y hete allí la importancia de esta labor social y de los efectos de poder que genera. Su gracia no está en la escenografía que acompaña el cortejo a una pequeña plazita donde está es bulto de Camilo Henríquez, un día 13 de febrero. No, está en que, mediante sus palabras, construyen realidad y es por eso que los poderes fácticos siempre están a su asecho. Intentando controlar los efectos de poder que provocan en la gente
¡Felicidades en vuestro día!























